Cae el cielo por la tarde en la Gran Vía de Madrid con un poco de pereza. Un momento de luz tenue y sedosa canícula alumbra toda la ciudad. Desde la cestería se ve la calle de Alcalá, que es la puerta arcada que abre el centro de gravedad del urbanismo en la Vila Madrileña. Vestida de un rojo atardecer y esbozo de los primeros viajeros románticos que les servía de acceso a la ciudad por el camino real. Hace calor en la Gran vía.  Andrea tiene veintidós años, estudia tercero de derecho en la Universidad Complutense porque quiere ser abogada. Andrea es ciega. Y hoy, quiere pasar una tarde sosegada, sin hacer nada, sin preocuparse en exceso y dejar aparcados los agobios cotidianos. De ligera  humedad y frescura sopla el aire castizo que se desplaza con gesto sencillo, rasgando a su paso el  resonar del eco y de los pensamientos solitarios, que es amparo para despejar las rotondas de la mente.

Sentada en una terraza de la Gran Vía Madrileña, Andrea con unas gafas oscuras, como de un entumecido apagado de ensoñar, a poco que se fije en su aspecto no se nota que es ciega. Andrea respira el aire urbano, que es mezcla con los olores de las gentes al pasar y de las calles de pedrería de un Madrid ya de más casas que mansiones, sintiendo por dentro la paz del secreto y prudente bullir del silencio. Andrea se siente bien, suspendida en una mágica fragancia, dulce y de confitura urbana. Casi nadie sabe en qué silencio es maravilloso estar a solas debajo del paraguas metropolitano en verano. Quietud y sosiego hacen simbiosis, como en una auto observación interna, que es momento de luz propia y muy personal donde suelen aparecer las ideas más claras.

En la mesa de al lado donde está Andrea, se sienta  un chico más o menos de su edad. El chico lleva un perfume que exhala al pasar. Un perfume de esos que murmuran que le sigan. Quizás, de esos que embriagan. Quizás, de esas fragancias que hacen vibrar el alma distraída, la que confunde los olores como mermeladas degustadas con los ojos vendados. Andrea gira levemente su cabeza, mueve su rubia melena buscando la esencia que viene del cuerpo del varón. Viene y se va, arrastrando el halo aromatizado y siente como una flecha atraviesa las membranas de su olfato. Un arco de luz entra en su claustro más escondido y de su más íntimo ser. Venir se sienten las miradas como se suelen escuchar el venir las olas a las orillas. La simple brevedad de una aspiración es una tenue bocanada que le invade de gran felicidad. De esas, que llegan como persiguiendo con la imaginación el perfil de una nueva fisonomía que es sólo hecha de fantasía. El chico mira con disimulo y hasta finge que no mira. Ve que la chica de gafas de sol le está mirando, llamándole la atención y oyendo sonar los pasos de una distancia que no está tan lejana.

 Andrea sonríe, el chico también. Andrea es ciega, por lo tanto no le puede ver. Pero aún así, como de una forma mágica y encantadora difícil de definir, se cruzan las miradas como se cruzan los sueños en la mente. Probablemente de un reclamo, de un señuelo que acicate el estímulo del vibrar y el palpitar del momento.  Concibiendo el instante en  que las miradas de amor no se vean sólo con la vista, sino que se adviertan también con el corazón. La ceguera no impide ver aquello que sentimos, aquello que entra por los poros de nuestra piel que transpira, que quema, que arde como la pasión que se estira, mostrando la avidez que sólo en el ardor del ansia se deja ver,  insensatamente, como un gran misterio que se esparce y se derrama por el alma.

Andrea sabe que la están mirando porque siente unos impulsos eléctricos de un destello que es el brillar de gestos en el aire imaginados. Como en un sexto sentido, se siente observada, de algo que la advierte en proporción y armonía de que el gusto está limítrofe y cercano. Andrea se acaricia muy suavemente el pelo, como coqueteando con cien lazos ceñidos que le prensan sus cabellos. Sus labios humedecidos descifran el ardor de la esencia de la maravillosa juventud. Andrea sonríe en un halago repetido y sus labios todavía brillan con más intensidad, cogiendo la forma y estructura del diseño del beso, que es como cuando el principio de atracción comienza su recorrido. Andrea devuelve la mirada con otra mirada, aunque la de ella sea más opaca y de mate apreciar. Se giran las cabezas buscándose las miradas, rodando sobre los cuellos, suaves y acompasadas como el sonido de un instrumento, como se giran  las impasibles hojas de un libro sobre su lomo, sintiéndolo todo en un sólo y único camino, como si fuese la llave de la cerradura que abre el alma hasta llegar al itinerario que llega al deseo.

 El chico se levanta, se acerca a Andrea nervioso y trémulo; que es virtud de la trama que da la liviana y pasajera juventud. Y le dice:

  • - Disculpa, sé que puedo parecer atrevido. Pero desde que me he sentado no he podido evitar fijarme en ti.

Andrea dibuja en sus labios una sonrisa de el mismo olor,  como si ese sabor fuese imaginando besos de esos que saben siempre diferente.

 

  • - Gracias. Eres muy amable.
  • - Me llamo Víctor.
  • - Yo, Andrea.
  • - Tienes los ojos del mismo color de mi corbata.
  • - Seguro que es muy elegante.
  • - ¿Seguro? ¿O es que no la ves para mí?

 

Andrea sonríe con la inocencia propia de una ninfa de cristal.

 

  • - Es que no la veo. ¡Soy ciega!
  • - ¡Ah!, esto..., disculpa.
  • - ¿Disculpa por qué?

Víctor siente como de dentro le fluye la torpeza y el aturdimiento que da la inexperiencia y la sorpresa de lo que no se espera. La sed del agua en la que está bebiendo se le atraganta. Se siente un tanto ridículo y quebrado por una timidez amorosa. De él , emana la tesitura de la vergüenza, de mil posturas incómodas, de mil apariencias y dudas. Él, la ve con la mirada, ella lo ve por el manantial que recorre los aromas del alma, de un perfume imprescindible que la lleva por el camino que acaba en el inevitable deseo. Como si ese olor fuese degustación de sensaciones y de sonidos adornados que sólo el corazón custodia.

Ambos se miran con dulzura, sus miradas se rompen y se transfiguran  en una mesurada atracción, que como un imán, atraen los deseos que pasan por sus frentes. Y de la jaula de los barrotes se evaden de lo interior los miedos, saliendo de su garganta palabras finas como el cristal que tiene vínculos con el vidrio. Víctor habla con un tono de voz tenue y casi apagada, como cuando de verdad alguien te atrae,  al son de un canto de pasión entregado con anhelo que hace romper el silencio.

El perfume ha dejado la marca del desvarío, haciendo cortes en los secretos desconocidos, pero sin cicatrices visibles en la confidencia y la delación que es misterio que cautiva. Andrea se siente liviana y frágil pero sin llegar a quebrarse, con el reposo que da la ventaja de no ver los contrastes mates a veces tan irracionales. La puerta del alma se le abre, como entreabiertos están los olores estrechos,  y ya invadida por la fragancia autora del encantado instante. Sus párpados se lacran, y sus pupilas se dilatan en la curva del despertar de un suspiro. Y ese sabor que casi degusta, fuese como el mismo olor del aliento de una sonrisa de hilaridad y alboroto. La noche no es negra, sólo es oscura. La ceguera sólo es barro que tapa la superficie. Como el fondo del mar, que está escondido por las ondulaciones del oleaje.

Víctor ya más tranquilo le dice:

  • - Eres muy bonita y muy tierna. Algo diferente y distinto que empuja al descifrar de tu belleza.

Ahora las vergüenzas quedan ausentes, la charla se anima; ríen y hablan. Andrea sigue tocándose su rubia melena enredando sus dedos en ella, igual que lo hacen las caracolas en el agua de la mar cuando quieren presumir de delicadeza y lindura. Y, si el coqueteo fuera arte y destreza, sería acelerar ligero como lo hace el bello resplandor de la flor en la mañana amanecida. El flirtear la hace sentirse especial como una princesa en una torre de cristal. Se siente bien, se siente mujer. Se siente el ser más importante del viejo Madrid, como si fuese la protagonista de aquel "último cuplé",  que flotó en la tulipa y vieja pantalla de aquel cine llamado Rialto, con domicilio habitual y sabido de una Gran Vía ya centenaria, y con rastros que han dejado miles de huellas al pasar en su calzada paseada y garbeada.

 Víctor, acercándose con la precaución del amador errante, nómada de su nueva ansia cortejada, cerrando los ojos para no ver nada, como excusa permeable de semejanza, buscando el equilibrio del momento igual que la arena y el musgo buscan proporción y, con verbo y palabra de alago y galanteo flotante, con voz temblante le dice:

-¿Puedo acariciarte el rostro?

-¡Claro que sí! Puedes acariciarme.

Andrea se ruboriza y enrojece pero accede a recibir la zalema de otra piel que no es la suya, cerrando los párpados para potenciar el momento, como lo hace el incienso cuando perfuma el disipado aire, e invadiéndole una sensación de como cuando te besan cuando duermes.

 Ahora, Andrea siente el contacto de la piel de Víctor sobre la suya, muy suavemente, muy de roce y tiento agradable. Víctor acaricia su rostro con dulzura, como si ese tacto fuese el néctar secreto  del sabor del dulce caramelo. Se rompen las raíces que frenaban el misterio. Se aceleran las respiraciones que son respuesta de qué las sensaciones abordan y entran por los poros de la piel, como si fuese  desnudo e indefenso el cuerpo. A veces la verdad no está en los ojos, sino en el "tallo", que enturbia las retinas y las membranas de resina que conciben esta historia. Y que son capaces de mudar los destinos como el aire, que siempre suele estar de crucero y aventura.

 Unas alas invisibles hacen que la imaginación de Andrea vuele como el viento de una brisa de mares escondidos. Ambos, se encuentran a gusto y paladeando el confortable momento, de acogedor y mágico instante, de  trance y apremio para el disfrute. Nada sirve de freno cuando dos almas se atraen con un magnetismo peculiar e irrepetible situación de pasión sobrante. Es entonces, cuando la puerta del alma, la que rompe y la que rasga, acaba pidiendo paso para quedarse como huésped. El ingrediente más importante de las caricias  es su perfume imprescindible y, los olores, son como una pócima y ungüento que quieren hacer el instante eterno. El perfume embriaga y les acerca sus pasiones. Pero Andrea, como es ciega, no puede ver el aspecto del rostro, pero puede reconstruirlo acariciándolo

con los suaves dedos de su mano creando un relieve imaginario,  y recalcando el recorrido de la textura de la piel que exhala y transpira como lo hacen los grandes amantes. Pues esa sensación que da el aroma exhalado del alma,  no hay alquimista ni hechizo ni encantamiento posible que lo venza y lo supere.

La mirada del interior, la palabra susurrada al oído y el beso en el empapado y húmedo labio ; en este orden. Detener el principio de un amor es una locura porque no tiene freno. Y el tesoro más preciado suele estar más allá de la superficie, no con lo que ven los ojos, sino lo que divisa y contempla el alma, actuando ésta como una esponja empapada de esencia asombrosa que muestra lo qué a la mirada se le escapa. ¿Es ciega la pasión, o a veces nos cegamos negándonos a ver en la oscuridad?

 El poder del sentimiento es la visibilidad del alma, que  tiene el doble de la fuerza que posee la limitada mirada que sólo ve la piel que tapa la forma y sombra de eso que llamamos cuerpo. Los amantes cuando se encuentran se abrazan allí en donde se suelen cruzar los caminos. -

-¿Vamos Andrea?

-  ¡Claro, no perdamos el tiempo prohibido!

 Bajo el cielo que tapiza la entrada noche ambos se marchan cogidos con disimulo de la mano. El soplo ardiente de la tarde se aleja, dejando paso a una noche de candela, de ensueño y que palpita. Las manos en el crepúsculo también se buscan, buscan el aire que huele a licor de café que invita a la tertulia. No dejes que termine el día sin dejarte llevar por aventuras y peripecias de andanza. Y, al paso emprendido de lo sucedido, irás iluminando el camino con la imaginación y fábula del mágico delirio. Cuando el sol se ponga en cualquier lugar y oiga aquello de;  El hidalgo de Fuenlabrada, que vendió el caballo para comprar la cebada..., sabré que hablamos de Madrid. Déjame que te lo diga.

Sergio Farras, escritor tremendista.